...DE LA PALABRA hoy !

…de la Palabra, ¡HOY!

Por: Luis Alberto

1 Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.

Vamos a hacer una pequeña pausa en este maravilloso versículo. Nosotros todos, en realidad, somos siervos, servidores de Cristo.

Cada creyente es un ministro de Cristo. No importa qué o quién sea usted.

Una de las razones por las cuales hacemos esta declaración es porque es muy fácil decir hoy día

en la Iglesia: “Bueno, él es mi ministro”. Y

quisiéramos ser siempre amables, pero también deseamos ser firmes. No somos su ministro.

Confiamos que somos el ministro, el siervo de Cristo. Somos responsables ante El. Por tanto, usted, no tiene ningún derecho de juzgar a otros,

especialmente a aquellos que creemos están haciendo la voluntad de Dios. Porque en realidad,

el ministro, el siervo, está ante un tribunal mucho más alto que usted y de lo que soy yo.

Ahora, Pablo va a mencionar esos tres tribunales aquí, ante los cuales debemos comparecer todos nosotros.

Cada uno de nosotros tiene que enfrentar tres juicios. Y Pablo lleva su apelación de uno al otro.

Ahora, usted puede notar que él también dice que: téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.

Un administrador es aquel que tiene a su cargo el entregar las cosas que están en un hogar, en una casa; la comida por ejemplo, la ropa, y toda esa clase de cosas. Un siervo, un ministro, en este día,

en ese mismo sentido, tiene que administrar, o sea entregar las cosas que pertenecen a la Palabra de Dios. Recuerde que el Señor Jesucristo dio esos

misterios del reino, y podemos decir de paso que aquí tenemos la primera referencia a ese misterio.

Se nos dice aquí que somos administradores de los misterios de Dios. Pues bien, identifiquemos

entonces esos misterios.

Los misterios son esas cosas que anteriormente no habían sido reveladas. Y los misterios son esas

cosas que no han sido entendidas por el hombre natural. El no las puede comprender.

Sólo el Espíritu de Dios puede tomar esas cosas de Cristo y mostrárnoslas a nosotros. Y ese es el misterio, y también el evangelio, y en realidad es la Palabra de Dios.

Somos, pues, administradores de los misterios de Dios. Y está a nuestro cargo dispensar eso.

En los misterios del reino de los cielos, en el discurso que pronunció el Señor Jesucristo

allá en el capítulo 13 del evangelio según San Mateo, El finalizó diciendo: ¿Habéis entendido

todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor. Bueno, no sabemos si ellos comprendieron o no;

quizás no lo hicieron en esa oportunidad. Pero El no dijo eso de que ellos no lo entendieron,

ni tampoco dijo que lo habían hecho. Lo que

El les dijo:

Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas. ( Mat: 13:52)

Eso es lo que un administrador tiene que estar haciendo en el día de hoy. Sacando las cosas nuevas y viejas que se encuentran en la Palabra de Dios. Ahora, cualquiera puede decirnos:

“Bueno, yo he oído eso antes, eso mismo que se predicó en el día de hoy”. Y yo; siempre puedo contestar: “Yo soy un administrador, y puedo sacar las cosas viejas, tanto como las nuevas.

Así es que hoy sacamos algo de lo viejo. Lo siento mucho de que no le haya gustado, pero esa es mi actividad. Yo debo presentar las cosas nuevas así

como las viejas”.

Somos “administradores de los misterios de Dios”. ¡Qué hermoso es eso! No podemos pensar

en una vocación mejor que ésta. En realidad, todos nosotros somos ministros, siervos de Dios.

“Pues bien, todos nosotros somos predicadores, predicamos por medio de nuestras vidas, alguna clase de mensaje. Usted está diciendo a los que le

rodean, al mundo entero; está contando algo por medio de su vida. Eso no se puede evitar.

Esa es la forma en que vivimos, esa es la clase

de influencia que tenemos. Por tanto, todos somos siervos, y si somos creyentes,

¿qué clase de mensaje estamos dando? Lo importante aquí no es que el administrador

sea una persona elocuente, o que él tenga muchos dones.

2 Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.

Nos demoramos mucho tiempo en aprender eso en la iglesia; y créanos, que eso es algo de suma

importancia, quizá lo más importante de todo:

Que cada uno sea fiel. Hay muchos que recibirán recompensa un día, no por las cosas grandes que

hayan hecho, o porque hayan tenido un don muy especial, sino por la manera en que sirvieron;

ellos fueron fieles. Fidelidad, es la palabra. Que cada uno sea hallado fiel.

Hemos aprendido a través de los años, que siempre son pocos los fieles. Los pocos fieles,

uno puede confiar en ellos, uno puede descansar en ellos. Uno siempre sabía cuál era su posición.

Ahora, Pablo continúa diciendo:

3 Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo.

4 Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado;

pero el que me juzga es el Señor.

Estos dos versículos que hemos leído pueden parecer difíciles, pero en realidad no lo son.

Lo que tenemos aquí son tres juicios ante los cuales tenemos que comparecer. Y la razón por la

cual usted no tiene ningún derecho para juzgarme, y por la cual yo tampoco tengo

derecho alguno para juzgarle a usted, es porque todos nosotros vamos a estar ante un tribunal

supremo.

Ahora, el primer juicio o tribunal es la opinión de los demás. Notemos lo que el apóstol Pablo dice:

Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano. El se refiere

aquí a la opinión de los demás.

“En realidad a mí no me interesa mucho lo que usted o cualquier otra persona piensa de mí”.

Esa es una interpretación muy buena. Es una declaración realmente contundente, y parecería

indicar que Pablo fuera un anti-social. Pero el apóstol no era una persona insensible o desdeñosa, a quien no le interesara lo opinión de los otros.

El no quiere decir aquí que él no le da ningún valor a los juicios de los demás; el no tenía

inmunidad contra la expresión y estimación de la gente que le rodeaba. El defendía su apostolado

con gran sentimiento, cuando era desafiado por los demás. El se sentía herido por los rumores falsos, y aquí en este mismo capítulo él hace

mención a eso.

11 Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija.

12 Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos.

13 Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos.

Pablo era muy sensible en cuanto a las opiniones

de la gente. Pero, no era desviado por lo que los demás pensaban. En realidad, su vida no estaba

dirigida por los demás. Ellos no eran los que manejaban su vida. El no escuchaba a aquellos

que querían indicarle cuál dirección debía tomar.

Ahora, aunque a nosotros nos guste o nos disguste, vamos a estar ante el juicio de los

demás. Es algo que uno no puede evitar. Y esto quizá es practicado con demasía en algunos países.

Abraham Lincoln, por ejemplo dijo: “La opinión pública en los Estados Unidos, es todo”.

Eso es a nuestro modo de pensar, una realidad, y es lamentable que así sea.

Vemos que hay un peligro en acatar siempre la opinión de los demás, el ceder ante la crítica de

nuestros enemigos, el rendirse ante ellos.

Hay muchos tribunales que se inclinan hacia la popularidad de la mayoría. Eso es lo que hacen

generalmente los políticos. Algunos hasta pierden sus valores morales, su honor, su reputación.

“La última enfermedad de una mente noble es el

amor a la fama”. Y eso es lo que persiguen muchas personas en nuestros días.

Ahora, usted puede ver que el apóstol Pablo quizá se inclinaba un poco sobre la opinión

de los demás, pero no fue cambiado nunca. Eso es lo que dice aquí: Yo en muy poco tengo

el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano”. Y luego, más adelante, él dice: y ni aun

yo me juzgo a mí mismo”.

Ahora, el tribunal que es un poco más alto que la opinión de los otros, es aun otro tribunal.

Y es el juicio que uno se hace a sí mismo, y esa es la conciencia. Digamos de paso que ese es un tribunal superior, el tribunal de la conciencia

de uno mismo. ¿Es la conciencia una guía segura?

Bueno, Pablo dice que no lo es. No es una guía muy precisa o exacta.

Nosotros debemos ser guiados por el Espíritu. En el pasado nosotros tuvimos la edad de la conciencia, y eso terminó en el diluvio.

La Iglesia, o mejor dicho los creyentes,

tienen que tener una conciencia más iluminada. Y cuando nos reprocha algo o nos censura, nosotros

debemos prestarle atención y obedecerla. Pero cuando aprueba nuestra manera descuidada

de vivir, o cuando apela a nuestra vanidad y nos alaba, entonces debemos tener mucho cuidado.

Todos nosotros permanecemos firmes o caemos ante este tribunal.

Shakespeare fue quien dijo que deberíamos ser verdaderos ante nosotros mismos. Dice que como

la noche sigue al día, uno no puede ser falso ante ningún hombre.

“No en el clamor de las multitudes, ni en el aplauso o los gritos de las masas, sino que en

nosotros mismos se encuentra el triunfo o la derrota”.

Es realmente algo muy bueno que un hombre honrado no sea influenciado por los otros, sino por lo que él cree que es lo correcto. Es una regla noble, sobresaliente. Pero el apóstol Pablo dice

que él no la sigue. Pablo no quiso pasar un juicio final sobre él mismo. No es que él hubiera conocido algo contra él mismo; por el contrario,

él dice que no sabía nada en contra de él, pero que esto no lo libra a él de sus características

de la naturaleza humana.

Por lo general, nosotros somos más exigentes con los demás, y más indulgentes o clementes con

nosotros mismos. Usted recordará que ese fue el problema de David. El podía ver lo malo en los

demás pero no en sí mismo. Cuando otras personas se ponen a hablar vanamente, ociosamente; o se ponen a contar chismes;

¿estamos nosotros hablando la verdad, estamos

siendo honestos? Cuando otras personas se aferran a cierta opinión y son pretensiosas,

¿tenemos nosotros el valor, el coraje de hablar acerca de nuestras propias convicciones?

Cuando las otras personas causan divisiones y crean problemas, ¿nos mantenemos nosotros por lo que es justo y correcto?

O cuando hay personas que abandonan la casa de Dios, y se entregan a la apostasía.

¿Tenemos nosotros una buena excusa?

Usted sabe que no somos muy severos con nosotros mismos. A nosotros siempre nos gusta

colocarnos en un lugar de eminencia y por lo general es algo distorsionado.

Nosotros no nos mantenemos firmes, o caemos ante nosotros mismos, porque Dios puede

cambiar la decisión de este tribunal. Y debemos agregar aquí que aun hay otro tribunal.

Tenemos el tribunal de los otros, el tribunal de uno mismo, y luego, el tribunal del Único

Amo y Señor; el tribunal supremo de Cristo.

4 Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.

Pablo está diciendo que algún día él estará ante el Tribunal de Cristo,

Pero cada uno de nosotros tendrá que estar

presente allí. Así es que cada uno de nosotros tendrá que estar ante el Tribunal de Cristo.

¿Qué es lo que será juzgado allí? Bueno, no serán nuestros pecados porque ellos han sido separados

de nosotros tan lejos como lo está el oriente del occidente. El no se acordará más de nuestros pecados, como dice allá la Carta a los Hebreos, capítulo 5, versículo 12. Y todos nuestros pecados

están cubiertos por Su sangre. Nosotros entonces vamos a ser juzgados como administradores.

Nuestra mayordomía sobre lo que El nos ha dado estará bajo Su inspección y escrutinio.

Y nuestras posesiones físicas, nuestros cuerpos, nuestros recursos materiales, nuestro dar; todas estas cosas serán juzgadas.

Esas serán las cosas que van a ser juzgadas en ese tribunal. Y nuestra tarea de ser administradores

es de suma importancia.

Después de todo, nosotros no somos los dueños de nada; como hemos dicho antes, todas las cosas

pertenecen a Cristo, y nosotros también pertenecemos a Él.

Y no nos estamos refiriendo a la sociedad organizada, el mundo secular, sino al mundo

en el cual vivimos. Podemos disfrutar de los hermosos panoramas, de su belleza, de las

montañas, de los árboles y del océano, de la vida.

Y yo voy a estar ante El algún día, y debo vivir pensando en eso. Ahora, Pablo dice:

5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno

recibirá su alabanza de Dios.

En cierta ocasión un pastor recibió la visita de uno sus miembros quien vino para contarle que

alguien estaba criticando al pastor. El pastor le preguntó qué estaba diciendo.

Y el interpelado respondió lo que la persona decía, a lo cual el pastor dijo: “Bueno, eso está

bien.” Y ya se retiraba el pastor y la otra persona le dice: “¿No va a hacer nada sobre eso?”

El pastor entonces, respondió: “No, porque si eso es todo lo que él conoce, yo conozco mucho más que él; y si eso es todo lo que él sabe,

yo ciertamente conozco algo sobre mí mismo”.

Las cosas que se hacen en lo oculto de las tinieblas, serán manifestadas ante Cristo.

Esa es la razón por la cual nosotros tenemos que tener mucho cuidado en cuanto a cómo vivimos.

Y luego el apóstol Pablo hace esta maravillosa declaración:

entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios. Creemos que Dios encontrará en cada uno de sus

santos algo por lo cual alabarle. Usted ha notado que cuando leemos sobre las siete Iglesias de Asia,

El hablaba algo bueno de cada una de ellas, con la excepción de una, la de Laodicea, que creemos no era una Iglesia sino una organización.

Pero El tenía siempre algo bueno que decir acerca de todas ellas.

El tenía palabras de condenación, así como

también palabras de halago, y todos tenemos la alabanza de Dios.

Una anciana en una Iglesia siempre tenía algo bueno que decir de cada predicador que

venía. Un día llegó uno que presentó el peor mensaje que pudiera imaginarse. La gente en

la Iglesia se preguntaba qué era lo que esa ancianita le diría al predicador. A la salida de la

Iglesia todos querían escuchar lo que ella le diría al predicador. Cuando él avanzó hacia ella, ella le dijo: “Ah Pastor, usted eligió un versículo muy hermoso para hoy”. Bueno, podemos decir que siempre es posible hallar algo para alabar.

Y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.

…continuará

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