...de la Palabra¡ HOY !
...de la Palabra ¡ HOY !
Ahora, hay dos maneras por las cuales usted puede tener koinonía o participación con
Cristo Jesús. Por ejemplo, tenemos la intervención que existe entre dos personas que se unen como accionistas para realizar una industria.
Dos amigos se conocen mientras se encuentran estudiando en el bachillerato.
Forman un negocio junto cuando ambos se graduaron. Uno de ellos eventualmente llega a conocer a Cristo como su Salvador personal y el otro continúa en su vida sin Cristo. Desde ese momento ya no es una sociedad muy feliz, es una asociación que
es muy difícil de terminar ya que el negocio es bastante extenso y se ha invertido
mucho dinero en el mismo. Luego existe otro tipo de sociedad, que es formada por el amor: es el matrimonio. A esto también lo llamamos koinonía, y tiene que ser una relación bien intima.
. Hay un pasaje en el Antiguo Testamento que me hace reír cuando lo leo porque creo comprender lo que Dios estaba pensando cuando lo dijo porque antes se estaba refiriendo al hombre y su esposa. Y Él dijo que, entre las cosas que no debían hacer estaba la siguiente:
“No ararás con buey y con asno juntamente,” Deuteronomio, cap.22, versículo 10. Esos animales no deben arar juntos. Ahora, en algunos matrimonios hemos visto que un buey y un asno se han unido; no debe ser así porque el matrimonio es una relación como una sociedad de semejantes.
¿Qué quiere decir entonces que tenemos una sociedad con el Señor Jesucristo? En el
comercio se entiende que las personas son dueñas juntamente de todo. Ahora, todo lo que tengo pertenece al Señor Jesucristo. Y Él pertenece a Él tanto como a mí.
Por lo tanto Él tiene interés en las cosas que yo poseo. Él tiene que poseer todo lo que yo tengo. Estoy seguro que hubo tiempos en los cuales yo obré en forma muy egoísta
en relación con lo que tengo, pensando solamente en mí mismo.
Ahora, yo no poseo muchas cosas. Cuando Él entra en sociedad conmigo, Él no busca lo que denominamos grandes negocios. Pero lo que yo tengo es de Él.
Ahora, cuando hablamos del matrimonio, tenemos allí ciertas cosas. Asumimos intereses en común. Eso quiere decir que Cristo tiene interés en mí. Y que yo tengo interés en Él. Eso se eleva a un nivel bastante sublime. Y luego, disfrutamos una devoción mutua. Eso es bastante comprometido. Sus recursos son míos y los míos son suyos.
Él no recibe mucho de mi parte, pero lo que yo recibí en la ceremonia de casamiento,
que de paso fue muy hermosa, nunca lo he utilizado de esta manera para no ser mal entendido. La esposa dice: “Con mi cuerpo, yo Te adoro”.
Es decir, yo Te lo ofrezco. Y Él es quien me posee. Eso me ha aclarado personalmente varias cuestiones sobre lo que puedo hacer y donde puedo ir, puede o no hacer en cuanto a lo que se relaciona con el creyente. En ese plano hay cosas que son legales o no lo son. Lo cierto es que yo pertenezco a Cristo y Él pertenece a mí.
Todavía hay algo más, y eso es ayuda recíproca. Eso es algo que va dentro de la
familia. En otras palabras, Él se amolda a nuestras debilidades, y nos da Su dulzura. Yo necesito de Su dulzura. Y aceptamos su poder.
Él es nuestro asociado por así decir y nosotros podemos contar con Él; podemos mirarle y saber que Él es parte integrante de todo esto.
De modo que podemos ver que Él es la solución a los problemas de hoy y a las frustraciones de la vida.
Vamos a ver ahora que los creyentes en Corinto tenían problemas reales en su iglesia,
algo concerniente a las divisiones que existía entre ellos.
Comenzando en el versículo 10 hasta el versículo 21 del capítulo 4.
En primer lugar que el tema central de la crucifixión de Cristo corrige la división.
Esta epístola hace énfasis en el dominio, la excelencia del Señor Jesucristo.
Hemos oído mucho hablar de ello pero hemos visto muy poco de esa realidad en
el día de hoy. Y es por esa razón que la iglesia de hoy está llena de problemas. Y la
mayoría de los creyentes tienen dificultades. El dominio de Cristo no es algo que sirve para tener qué decir, sino que tiene que ser algo real, verdadero.
¿Le ha hecho usted su Señor y su Maestro?
Conocemos que no se puede tener un avivamiento, sino hasta cuando reconozcamos
lo que recién mencionamos. Bien, leamos ahora el versículo 10, de este capítulo 1, de la
Primera Epístola a los Corintios:
10Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
Ahora, eso no quiere decir que tenían que decir cosas idénticas, sino que no debían
destrozarse uno con otro, que no debían estar peleando el uno con el otro, y que no convenían odiarse entre ellos. Cuando dice divisiones,
indica que no debía haber una separación cismática. “Que no haya entre vosotros divisiones,” dice el apóstol. Esa palabra sugiere que no debía haber rompimientos abiertos en la iglesia, que ella no debía sufrir rupturas.
Allí existía esa chismografía continua, la crítica sin fin, el odio y la amargura.
Eso se puede ver en las iglesias de nuestros días, también.
Ah, tener esa amargura dentro de su corazón, no puede tener eso en su vida.
Dice el apóstol: “Que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”
Ahora, ¿qué es eso de una misma mente? Bueno, es la mente de Cristo.
Y vea lo que dice aquí en el versículo 11:
11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay
entre vosotros contiendas.
Lo que está ocurriendo en esta iglesia son luchas, disputas. Se están produciendo
divisiones. Todo esto estaba ocurriendo en este lugar. Había disputas en esa iglesia y
Pablo recibió la información de fuentes informadas. Y él mencionó los nombres. Él dice:
“Porque he sido informado . . . por los de Cloé.” si usted tiene que hacer alguna acusación, tiene que darle peso con su nombre.
En este versículo tenemos a Cloé. Y admiramos a Cloé, porque dijo en Corinto
lo que estaba pasando y lo hizo público diciendo: “Hay problemas en esta iglesia y eso es malo. Se debe hacer algo al respecto”.
¿Cuál era el problema en esa Iglesia? Parece que tenían muchos creyentes
recién nacidos, y generalmente son las criaturas pequeñas las que más lloran.
El versículo 12 del capítulo 1 dice:
12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de
Cefas; y yo de Cristo.
Lo que tenían en esta iglesia era algo sorprendente. Había algunos que seguían a Pablo.
Eran alumnos orgullosos de Pablo. Había otros que seguían a Apolo. Estos eran
admiradores engolosinados de Apolo. También había otros que eran partidarios de Simón Pedro, o sea Cefas. Ellos gustaban de la camaradería de Cefas.
Miremos por un momento a todos estos que han sido mencionados aquí.
Creemos que podemos decir que sabemos o conocemos más de Pablo y de Cefas que de los otros. Ahora, Pablo era un intelectual. Era brillante. Valiente, pero quizá no era
físicamente atrayente. Pero aquellos que amaban la Palabra de Dios, amaban a Pablo.
Simón Pedro por su parte era un hombre fogoso, vigoroso. Al principio era un poco débil, pero luego se convirtió en un vigoroso predicador del evangelio.
Tenía un gran corazón, era sentimental. Luego tenemos a Apolo.
Él era uno de los grandes predicadores de la iglesia apostólica.
Él no era un apóstol. Nunca recibió mucho reconocimiento. Era un gran predicador.
Creemos que se le puede llamar el Billy Graham de esa época. Todos esos hombres
tenían fuertes personalidades. Pero ellos nunca provocaban divisiones.
Todos luchaban juntos por la fe. Procuraban guardar la unidad del Espíritu, y todos buscaban exaltar la persona de Jesucristo.
Pero los miembros de la iglesia en Corinto eran los que estaban causando la división.
Se formaban pequeños grupos donde algunos decían: Bueno, “Nosotros amamos a
nuestro hermano Pablo, él es tan espiritual.” Por acá resultaba otro grupo diciendo:
“Nosotros queremos a Simón Pedro porque él es tan fogoso cuando predica el evangelio”.
Y por allá otro grupo resultaba diciendo:
“Pues, nosotros seguimos a Apolo; cuando él habla se eleva a las alturas sublimes y toca a las multitudes”.
¿No saben ustedes que los tres son hombres de Dios?
Pero la iglesia en Corinto estaba dividida por esta causa. De modo que, el apóstol Pablo les va a hablar sobre este asunto.
Él les va a mostrar que la centralidad de Cristo es la respuesta para resolver las divisiones que existían en esa iglesia y que existen en el día de hoy.
No habrá ninguna solución, sino hasta cuando los hombres y las mujeres vayan
a la persona de Cristo.
Había un cuarto grupo; el grupo que decía “Y yo, de Cristo.”
Ahora, estos últimos, no le daban a Cristo el primer lugar, sino que formaban un
grupo de los “súper espirituales.” Y, francamente, creemos que estos formaban
el peor grupo. Como resultado, ellos hacían de Cristo un pequeño culto; había
formado su propio círculo en la iglesia y dejaban a los otros creyentes, fuera.
Ellos eran esnobistas espirituales, eso es precisamente como los clasificaríamos nosotros. De modo que, tenemos cuatro grupos y no había ninguna razón para que ellos existieran así.
Porque vemos aun en nuestros días, que estas divisiones solo sirven para destruir la iglesia desde adentro.
Los grandes problemas no se encuentran afuera, sino dentro mismo de la iglesia.
Uno puede ir los domingos o durante las reuniones de la semana y puede ver lo que
están haciendo. Luego, existe el problema causado por algunos que se reúnen alrededor de una persona y comienzan a tomar ciertas posiciones y las disputas dentro de la iglesia, han hecho más daño a la causa de Cristo, que el alcoholismo y la
mundanalidad. Y uno encuentra que muchas iglesias están dedicando más a sus pequeñas, pero dañinas luchas, que a la proclamación del evangelio de Cristo.
Comienzan a luchar unos con otros, hasta que prácticamente no queda nadie dentro de la iglesia.
Y eso es lo que estaba sucediendo dentro de la iglesia en Corinto.
Ahora, hay dos maneras por las cuales usted puede tener koinonía o participación con
Cristo Jesús. Por ejemplo, tenemos la intervención que existe entre dos personas que se unen como accionistas para realizar una industria.
Dos amigos se conocen mientras se encuentran estudiando en el bachillerato.
Forman un negocio junto cuando ambos se graduaron. Uno de ellos eventualmente llega a conocer a Cristo como su Salvador personal y el otro continúa en su vida sin Cristo. Desde ese momento ya no es una sociedad muy feliz, es una asociación que
es muy difícil de terminar ya que el negocio es bastante extenso y se ha invertido
mucho dinero en el mismo. Luego existe otro tipo de sociedad, que es formada por el amor: es el matrimonio. A esto también lo llamamos koinonía, y tiene que ser una relación bien intima.
. Hay un pasaje en el Antiguo Testamento que me hace reír cuando lo leo porque creo comprender lo que Dios estaba pensando cuando lo dijo porque antes se estaba refiriendo al hombre y su esposa. Y Él dijo que, entre las cosas que no debían hacer estaba la siguiente:
“No ararás con buey y con asno juntamente,” Deuteronomio, cap.22, versículo 10. Esos animales no deben arar juntos. Ahora, en algunos matrimonios hemos visto que un buey y un asno se han unido; no debe ser así porque el matrimonio es una relación como una sociedad de semejantes.
¿Qué quiere decir entonces que tenemos una sociedad con el Señor Jesucristo? En el
comercio se entiende que las personas son dueñas juntamente de todo. Ahora, todo lo que tengo pertenece al Señor Jesucristo. Y Él pertenece a Él tanto como a mí.
Por lo tanto Él tiene interés en las cosas que yo poseo. Él tiene que poseer todo lo que yo tengo. Estoy seguro que hubo tiempos en los cuales yo obré en forma muy egoísta
en relación con lo que tengo, pensando solamente en mí mismo.
Ahora, yo no poseo muchas cosas. Cuando Él entra en sociedad conmigo, Él no busca lo que denominamos grandes negocios. Pero lo que yo tengo es de Él.
Ahora, cuando hablamos del matrimonio, tenemos allí ciertas cosas. Asumimos intereses en común. Eso quiere decir que Cristo tiene interés en mí. Y que yo tengo interés en Él. Eso se eleva a un nivel bastante sublime. Y luego, disfrutamos una devoción mutua. Eso es bastante comprometido. Sus recursos son míos y los míos son suyos.
Él no recibe mucho de mi parte, pero lo que yo recibí en la ceremonia de casamiento,
que de paso fue muy hermosa, nunca lo he utilizado de esta manera para no ser mal entendido. La esposa dice: “Con mi cuerpo, yo Te adoro”.
Es decir, yo Te lo ofrezco. Y Él es quien me posee. Eso me ha aclarado personalmente varias cuestiones sobre lo que puedo hacer y donde puedo ir, puede o no hacer en cuanto a lo que se relaciona con el creyente. En ese plano hay cosas que son legales o no lo son. Lo cierto es que yo pertenezco a Cristo y Él pertenece a mí.
Todavía hay algo más, y eso es ayuda recíproca. Eso es algo que va dentro de la
familia. En otras palabras, Él se amolda a nuestras debilidades, y nos da Su dulzura. Yo necesito de Su dulzura. Y aceptamos su poder.
Él es nuestro asociado por así decir y nosotros podemos contar con Él; podemos mirarle y saber que Él es parte integrante de todo esto.
De modo que podemos ver que Él es la solución a los problemas de hoy y a las frustraciones de la vida.
Vamos a ver ahora que los creyentes en Corinto tenían problemas reales en su iglesia,
algo concerniente a las divisiones que existía entre ellos.
Comenzando en el versículo 10 hasta el versículo 21 del capítulo 4.
En primer lugar que el tema central de la crucifixión de Cristo corrige la división.
Esta epístola hace énfasis en el dominio, la excelencia del Señor Jesucristo.
Hemos oído mucho hablar de ello pero hemos visto muy poco de esa realidad en
el día de hoy. Y es por esa razón que la iglesia de hoy está llena de problemas. Y la
mayoría de los creyentes tienen dificultades. El dominio de Cristo no es algo que sirve para tener qué decir, sino que tiene que ser algo real, verdadero.
¿Le ha hecho usted su Señor y su Maestro?
Conocemos que no se puede tener un avivamiento, sino hasta cuando reconozcamos
lo que recién mencionamos. Bien, leamos ahora el versículo 10, de este capítulo 1, de la
Primera Epístola a los Corintios:
10Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
Ahora, eso no quiere decir que tenían que decir cosas idénticas, sino que no debían
destrozarse uno con otro, que no debían estar peleando el uno con el otro, y que no convenían odiarse entre ellos. Cuando dice divisiones,
indica que no debía haber una separación cismática. “Que no haya entre vosotros divisiones,” dice el apóstol. Esa palabra sugiere que no debía haber rompimientos abiertos en la iglesia, que ella no debía sufrir rupturas.
Allí existía esa chismografía continua, la crítica sin fin, el odio y la amargura.
Eso se puede ver en las iglesias de nuestros días, también.
Ah, tener esa amargura dentro de su corazón, no puede tener eso en su vida.
Dice el apóstol: “Que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”
Ahora, ¿qué es eso de una misma mente? Bueno, es la mente de Cristo.
Y vea lo que dice aquí en el versículo 11:
11Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay
entre vosotros contiendas.
Lo que está ocurriendo en esta iglesia son luchas, disputas. Se están produciendo
divisiones. Todo esto estaba ocurriendo en este lugar. Había disputas en esa iglesia y
Pablo recibió la información de fuentes informadas. Y él mencionó los nombres. Él dice:
“Porque he sido informado . . . por los de Cloé.” si usted tiene que hacer alguna acusación, tiene que darle peso con su nombre.
En este versículo tenemos a Cloé. Y admiramos a Cloé, porque dijo en Corinto
lo que estaba pasando y lo hizo público diciendo: “Hay problemas en esta iglesia y eso es malo. Se debe hacer algo al respecto”.
¿Cuál era el problema en esa Iglesia? Parece que tenían muchos creyentes
recién nacidos, y generalmente son las criaturas pequeñas las que más lloran.
El versículo 12 del capítulo 1 dice:
12Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de
Cefas; y yo de Cristo.
Lo que tenían en esta iglesia era algo sorprendente. Había algunos que seguían a Pablo.
Eran alumnos orgullosos de Pablo. Había otros que seguían a Apolo. Estos eran
admiradores engolosinados de Apolo. También había otros que eran partidarios de Simón Pedro, o sea Cefas. Ellos gustaban de la camaradería de Cefas.
Miremos por un momento a todos estos que han sido mencionados aquí.
Creemos que podemos decir que sabemos o conocemos más de Pablo y de Cefas que de los otros. Ahora, Pablo era un intelectual. Era brillante. Valiente, pero quizá no era
físicamente atrayente. Pero aquellos que amaban la Palabra de Dios, amaban a Pablo.
Simón Pedro por su parte era un hombre fogoso, vigoroso. Al principio era un poco débil, pero luego se convirtió en un vigoroso predicador del evangelio.
Tenía un gran corazón, era sentimental. Luego tenemos a Apolo.
Él era uno de los grandes predicadores de la iglesia apostólica.
Él no era un apóstol. Nunca recibió mucho reconocimiento. Era un gran predicador.
Creemos que se le puede llamar el Billy Graham de esa época. Todos esos hombres
tenían fuertes personalidades. Pero ellos nunca provocaban divisiones.
Todos luchaban juntos por la fe. Procuraban guardar la unidad del Espíritu, y todos buscaban exaltar la persona de Jesucristo.
Pero los miembros de la iglesia en Corinto eran los que estaban causando la división.
Se formaban pequeños grupos donde algunos decían: Bueno, “Nosotros amamos a
nuestro hermano Pablo, él es tan espiritual.” Por acá resultaba otro grupo diciendo:
“Nosotros queremos a Simón Pedro porque él es tan fogoso cuando predica el evangelio”.
Y por allá otro grupo resultaba diciendo:
“Pues, nosotros seguimos a Apolo; cuando él habla se eleva a las alturas sublimes y toca a las multitudes”.
¿No saben ustedes que los tres son hombres de Dios?
Pero la iglesia en Corinto estaba dividida por esta causa. De modo que, el apóstol Pablo les va a hablar sobre este asunto.
Él les va a mostrar que la centralidad de Cristo es la respuesta para resolver las divisiones que existían en esa iglesia y que existen en el día de hoy.
No habrá ninguna solución, sino hasta cuando los hombres y las mujeres vayan
a la persona de Cristo.
Había un cuarto grupo; el grupo que decía “Y yo, de Cristo.”
Ahora, estos últimos, no le daban a Cristo el primer lugar, sino que formaban un
grupo de los “súper espirituales.” Y, francamente, creemos que estos formaban
el peor grupo. Como resultado, ellos hacían de Cristo un pequeño culto; había
formado su propio círculo en la iglesia y dejaban a los otros creyentes, fuera.
Ellos eran esnobistas espirituales, eso es precisamente como los clasificaríamos nosotros. De modo que, tenemos cuatro grupos y no había ninguna razón para que ellos existieran así.
Porque vemos aun en nuestros días, que estas divisiones solo sirven para destruir la iglesia desde adentro.
Los grandes problemas no se encuentran afuera, sino dentro mismo de la iglesia.
Uno puede ir los domingos o durante las reuniones de la semana y puede ver lo que
están haciendo. Luego, existe el problema causado por algunos que se reúnen alrededor de una persona y comienzan a tomar ciertas posiciones y las disputas dentro de la iglesia, han hecho más daño a la causa de Cristo, que el alcoholismo y la
mundanalidad. Y uno encuentra que muchas iglesias están dedicando más a sus pequeñas, pero dañinas luchas, que a la proclamación del evangelio de Cristo.
Comienzan a luchar unos con otros, hasta que prácticamente no queda nadie dentro de la iglesia.
Y eso es lo que estaba sucediendo dentro de la iglesia en Corinto.
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