LA LUZ QUE BRILLA

LA LUZ QUE BRILLA
Por: Luis Alberto


Luc 8:16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entran vean la luz.

Luc 8:17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.

El Evangelio es por naturaleza algo que se ha de ver. Es fácil encontrar razones prudentes para no hacer ostentación de nuestra fe ante los demás. Casi todo el mundo tiene un miedo instintivo a ser diferente; y el mundo siempre acaba persiguiendo a los que no se someten a sus principios.

Pero, aunque nos resulte difícil, se nos impone la obligación de no avergonzarnos de confesar quiénes somos y a quién servimos; y, si lo miramos como es debido, lo consideraremos no un deber sino un privilegio; El cristiano, aunque sea de posición humilde, nunca debe avergonzarse de su bandera.

Algunas veces tratamos de ocultarnos cosas a nosotros mismos: cerramos los ojos a las consecuencias de ciertas acciones y hábitos, aunque las conocemos de sobra. Es como cerrar los ojos a los síntomas de una enfermedad que sabemos que tenemos. Es una estupidez increíble; Tratamos de ocultarles las cosas a los demás; pero se las agencian para salir a la luz. Una persona con un secreto no puede ser feliz. La persona feliz es la que no tiene nada que ocultar.

En otras ocasiones tratamos de ocultarle las cosas a Dios. No hay pretensión más imposible. Haremos bien en tener siempre presente el texto que dice: Tú eres Dios que ve (Gen: 16:13)

Si uno está física y mentalmente bien, y se mantiene bien, tendrá el cuerpo dispuesto para nuevos esfuerzos; si se descuida, perderá la capacidad que tenía. Cuanto más estudiamos, más podemos aprender; pero, si nos negamos a estudiar, perderemos lo que sabíamos. Esto es tanto como decir que no nos podemos plantar en la vida. Cuando no vamos para adelante, vamos para atrás. El que busca, siempre encontrará más; pero el que deja de buscar, acabará por perder hasta lo que tiene.

Cuando la luz de la verdad nos ilumina, tenemos la responsabilidad de brillar con la luz que ayuda a otros. Nuestro testimonio debe ser público, no encubierto. No debemos guardarnos los beneficios, debemos compartirlos con otros. A fin de ayudar, debemos estar bien ubicados. Busque oportunidades para estar en el lugar donde los inconversos necesitan ayuda.

Poner por obra la Palabra de Dios nos ayuda a crecer. Este es un principio físico, mental y espiritual de la vida. Por ejemplo, cuando un músculo se ejercita, crece fuerte; pero uno que no se ejercita crece débil y flácido. Si usted no crece, será débil. Es imposible permanecer así por mucho tiempo. ¿Qué hace con lo que Dios le ha dado?

Los verdaderos familiares de Jesús son los que escuchan y obedecen sus palabras. Escuchar sin obedecer no es suficiente.

Como Jesús amó a su madre y a todos por igual, así El nos ama siempre. El nos ofrece una íntima relación familiar con El.

¿Cómo han de servirse los discípulos de este conocimiento, de la palabra que les ha descubierto el misterio?

A la manera de un hombre que enciende una luz. Sin cubrirla con una vasija y sin ponerla debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero, bien alta, para que todos puedan verla. Quien ha recibido la palabra de Dios con su fuerza de iluminar, debe utilizarla en servicio de los demás. El iluminado debe a su vez iluminar. Lo oculto pugna por manifestarse, lo secreto quiere ser conocido. Sería antinatural que los discípulos escondieran y ocultaran lo que se les ha revelado y lo que ellos han conocido. Lo que han experimentado en el pequeño círculo de Jesús debe darse a conocer al gran público.

La acción apostólica es una ley natural del discípulo de Cristo.

El conocimiento de la revelación de Dios, que se nos confía, es como un capital con el que hay que trabajar, es un conocimiento que se debe enseñar, comunicar, sacar a la luz pública. Si se hace así, entonces Dios acrecienta el conocimiento. Si no se trabaja, quita Dios incluso lo poco que se poseía en apariencia. El conocimiento que no se da a conocer, que no se vive y se proclama, es una posesión aparente, que va desapareciendo. Vivir del conocimiento del Evangelio, propagarlo, hace más ricos en conocimiento y en posesión de la fe. Dar equivale a adquirir más.

Nuestro Señor nos dice que somos semejantes á una lámpara encendida, que es totalmente inútil, cuando está cubierta con una vasija, ó puesta debajo de la cama, y que solo es útil cuando se la pone sobre el candelero, y se la coloca donde puede servir al hombre.
Cuando leamos estas palabras pensemos primero en nuestra propia conducta. El Evangelio que poseemos no nos ha sido dado solamente para que lo admiremos, para que hablemos acerca de él, y profesemos creerlo, sino también para que lo practiquemos. El Cristianismo es un privilegio y que acarrea gran responsabilidad. Nosotros no estamos en tinieblas como los paganos. Una luz gloriosa ha sido colocada á nuestra vista.

Cuidemos de no cerrar los ojos ante sus rayos. Marchemos mientras tenemos la luz.

Jua 12:35 Entonces Jesús les dijo: Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va.
Jua 12:36 Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.

Pero no pensemos solamente en nosotros; Pensemos también en los demás. Existen en el mundo millones que carecen absolutamente de luz espiritual. Viven sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza.

Efe 2:12 En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

Hay millares á nuestro derredor, en nuestro propio país, que no se han convertido, que están muertos en el pecado.
¿No podemos hacer nada por ellos?
Preguntas son estas, á las que todo verdadero cristiano debe dar respuesta satisfactoria.
Debemos esforzarnos en extender nuestra FE por todas partes; No hay peor egoísmo que el del hombre que se contenta con ir solo al cielo, consisto en hacer lo posible por que otros participen de ese rayo de la luz que poseemos, y en mantener nuestra lámpara de tal modo que alumbre á todos los que están á nuestro contorno.
¡Feliz aquel que, tan luego como reciba luz del cielo, empieza á pensar en otros, tanto como en sí mismo! Dios no enciende ninguna lámpara para que arda solitaria.
Aprendemos, en segundo lugar, en estos versículos, lo importante que es oír bien. Las palabras de nuestro Señor Jesucristo se deben de grabar profundamente en nuestros corazones. “Mirad pues como oís.” dijo nuestro Señor.
El provecho que los hombres reciben de todos los medios de gracia depende enteramente del modo como estos son empleados. La lectura de la Biblia es esencial para obtener un correcto conocimiento del Cristianismo; sin embargo, el mero hábito de leer tantos capítulos como una tarea obligatoria, sin el deseo humilde de ser instruidos por Dios, no es otra cosa que pérdida de tiempo, No basta que vayamos á la iglesia y oigamos sermones. Podemos hacerlo por espacio de cincuenta años y no ser mejores sino más bien peores que antes.

¿Desea alguno saber cómo debe oírse LA PALABRA DE DIOS?
En primer lugar debe oírse con fe, creyendo implícitamente que la palabra de Dios es verdadera, y que "no pasará." La palabra aprovechó de poco á los judíos, "por no estar mezclada con fe en aquellos que la oyeron." También debemos oír con reverencia, teniendo presente constantemente que la BIBLIA es el libro de Dios. Esto fue lo que hicieron los Tesalonicenses; recibieron el mensaje de Pablo, "no como palabra de hombres, sino como la palabra de Dios."

1Ts 2:13 Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.

Sobre todo, debemos oír con devoción, orando humildemente por la bendición de Dios antes y después de que se predique el sermón. La falta de la mayor parte de los creyentes consiste en que no piden bendición alguna, y por lo tanto no obtienen ninguna; El sermón pasa por su mente á la manera que el agua pasa por un cedazo, sin dejar nada adentro.
Traigamos á la memoria estas reglas siempre antes de que vayamos á oír predicar la palabra de Dios.
No corramos á la presencia de Dios, descuidados y atolondradamente, como si no nos importara lo que hiciéramos.
Entremos en la iglesia con fe, reverencia y devoción. Solo así podremos oír con provecho, y volver á nuestro hogar con agradecimiento.
El que oye la palabra de Dios, y la cumple es el verdadero cristiano; Ese oye el llamamiento de Dios al arrepentimiento y á la conversión y lo obedece; cesa de obrar mal, y aprende á obrar bien, se despoja del hombre viejo y se reviste del hombre nuevo, oye la exhortación de Dios para creer en Jesucristo á fin de obtener justificación, y lo obedece, abandona su propia rectitud, y confiesa tener necesidad de un Salvador, recibe á Cristo crucificado y resucitado como su única esperanza, y da por perdidas todas las cosas por conocerlo á él, oye que se le manda ser bueno, y obedece, se esfuerza en vivir, no según la carne, más según el espíritu, y se esfuerza, en fin, de echar á un lado todo peso, y el pecado que tan estrechamente lo persigue. He aquí en lo que consiste el verdadero Cristianismo.
Todos los hombres que obran así son verdaderos cristianos.
Pero los sufrimientos de todos los que "oyen la palabra de Dios y la cumplen " no son pocos ni pequeños. El mundo, la carne y los demonios los hacen padecer constantemente; y ellos gimen con frecuencia, estando sobrecargados.

2Co 5:4 Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.

Muchas veces la cruz les parece pesada y el camino del cielo escabroso y estrecho; y se sienten dispuestos á exclamar como Pablo cuando dijo: " ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?" (Rom_7:24)
Los que así piensen y los que así exclamen deben hallar consuelo en las palabras de nuestro Señor Jesucristo que hemos estado considerando.
Que recuerden que el mismo Hijo de Dios los mira como á parientes cercanos. Que no hagan caso de la burla, del escarnio y de la persecución de este mundo. La mujer de quien Cristo dice: " Esa es mi madre," y el hombre de quien dice: " Ese es mi hermano " no tienen nada que teme, solo obedecer y ser hacedores de todo lo que DIOS nos dice en su palabra.

DIOS LES BENDIGA

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