DONES


DONES…
Por: Luis Alberto

Efe 4:11 Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,
Efe 4:12 a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,
Efe 4:13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

Este mismo que descendió es el que ascendió victorioso y glorioso a los cielos para llenarlo todo. Su misión en la tierra cumplida, Cristo volvió al cielo que había abandonado por un tiempo y fue exaltado para tomar de nuevo el lugar y la gloria que son suyos. Al hacer esto, Cristo equipó a su iglesia con los dones que ella necesitaba para cumplir la tarea que se le había dejado. Con el equipamiento de la iglesia Cristo asumió de nuevo su lugar debido en los cielos. Ahora, la iglesia así equipada y auxiliada por el Espíritu Santo puede cumplir su misión y servirlo hasta que él venga otra vez.
Cristo hizo para dotar a la iglesia con el liderazgo específico que necesitaba. Pablo menciona cuatro oficios o cargos que ejercían miembros de la iglesia debidamente dotados. Los dones que Cristo dio a su iglesia son estos hombres equipados para cargos dentro de la iglesia. Además de mencionar estos cargos, señala cuál fue su propósito y la meta que esto tenía.

Este Cristo ascendido por encima de todas las cosas constituyó a unos para ciertas funciones o ministerios dentro de su iglesia. Otra vez vemos el énfasis de Pablo en que estos ministerios son obra de la gracia de Dios.

El primer cargo en la iglesia fue aquel de los apóstoles, un grupo pequeño, pero muy significativo. Estos fueron en primera instancia los doce, incluyendo a Matías, nombrado en lugar de Judas y fueron escogidos, entrenados y enviados por Cristo. Además, Pablo y varios otros fueron identificados como apóstoles: Bernabé, Jacobo, Silvano, Andrónico y Junias. Todos tenían dos cosas en común, habían visto al Cristo resucitado y habían recibido su comisión directamente de él. Estos daban testimonio de Cristo e instruyeron a los primeros creyentes en las enseñanzas de él. Fueron los primeros maestros de la iglesia del primer siglo. Sus enseñanzas dieron sustancia a la fe de los creyentes y por consiguiente contribuyeron a la formación del cuerpo doctrinal de la iglesia. Aunque pocos, ellos tuvieron la autoridad y la responsabilidad de guiar la formación de la iglesia naciente.

El segundo cargo en la iglesia primitiva fue el de los profetas. Los profetas fueron aquellas personas inspiradas que no sólo predijeron acontecimientos que Dios les reveló; ellos dieron expresión contemporánea a la voluntad de Dios. Fueron ambulantes e itinerantes entre las iglesias. Similares a los profetas del AT, los del NT fueron los voceros de Dios que habían recibido su palabra por revelación y que hablaban bajo la impresión del Espíritu Santo. Estos son mencionados junto con los apóstoles como aquellos que durante la vida formativa de la iglesia concretaron la revelación divina como dada en Cristo Jesús y dieron orden a las enseñanzas de ella. Fueron hombres y mujeres santos escogidos por Dios para hablar en su nombre bajo el impulso del Espíritu Santo. Su papel, igual al de los apóstoles fue durante los años formativos de la iglesia mientras ésta todavía no tenía los escritos que ahora componen el NT.

Estos dos oficios parecen haber sido limitados a la primera generación de cristianos. Poco a poco disminuyeron en importancia e influencia y eventualmente desaparecieron de las páginas históricas de la temprana iglesia. Al comienzo de la iglesia del primer siglo funcionaban los primeros dos, pero gradualmente y con el paso de la historia fueron desapareciendo.

Estos dos cargos cumplieron su misión inicial al establecer la iglesia y solidificar su doctrina durante el primer siglo antes que existieran los escritos del NT. Hecho esto, surgió la necesidad de otros oficios que perpetuaran lo que ellos habían comenzado.

Los evangelistas fueron los que anunciaban las buenas nuevas o sea el evangelio. Estos también iban de un lugar a otro, particularmente a lugares nuevos donde no había sido anunciado el evangelio. Equivaldrían en función a los misioneros de nuestro tiempo. Al usar la palabra evangelistas, Pablo enfoca la función que cumplían, la de ser portadores del evangelio. En este sentido serían apóstoles de segunda instancia, enviados con el encargo de anunciar las buenas nuevas de salvación. Fueron evangelistas que buscaban nuevos horizontes e iban abriendo brecha en el mundo que no conoció el evangelio.

Entendemos este oficio como uno que tiene doble responsabilidad (pastores-maestros), la de cuidar el rebaño como pastor y la de instruirlo en la verdad divina como maestro. El cuidado pastoral de la iglesia incluye la enseñanza. El pastor debe ser un buen discipulador de su rebaño. Esta función implica una estabilidad en cierto lugar, firme y fijo, en vez de ser itinerante. Puesto que las iglesias en diversos lugares iban creciendo y sus miembros representaban diferentes necesidades espirituales, el papel de pastormaestro iba aumentando en importancia. Su tarea fue la de defender al rebaño de los enemigos y de las doctrinas dañinas, y de instruir a su grey en la doctrina pura del evangelio recibido de los apóstoles y profetas.

No debemos pensar que la lista es exhaustiva ni restrictiva en cuanto a los dones dados a la iglesia. Aquí ha sido selectivo para señalar a aquellos que aseguraran la consolidación de la iglesia y los que contribuyesen a su extensión. Aun así, podemos ver que hay una diversidad de las capacidades espirituales que el Señor dio a su iglesia en medio de la unidad espiritual que ella representa por fe en él.

A fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio y para la edificación del cuerpo de Cristo. El ha dotado a algunos en particular para que éstos capaciten a todos en general. El efecto de esto se hace sentir directamente en la vida de los santos y en el crecimiento de la iglesia. Todos los santos (miembros de la iglesia) deben ser equipados para algún aspecto de la obra del ministerio, o sea, para el servicio cristiano. Además, este servicio de parte de miembros equipados resultará en la edificación o el crecimiento del cuerpo de Cristo.

El fiel cumplimiento de estos oficios (apóstoles, profetas, evangelistas y pastores-maestros) resulta en un continuo proceso de acondicionar y equipar a los miembros para servir en la obra. Esto redunda a la vez en la edificación del cuerpo de Cristo en cuanto a lo espiritual tanto como lo numérico. La primera faceta de esta meta es la unidad espiritual que resulta de una sola fe, la cual es la doctrina común de la iglesia, o sea el contenido del evangelio creído. No se refiere a la fe inicial de creer por primera vez, sino aquella fe que resulta de abrazar a Cristo y todo lo que él representa. El conocimiento del Hijo de Dios es el resultado de una relación íntima y cada vez más profunda con Cristo y en su palabra.

Estos conducen hacia la madurez espiritual que es la segunda faceta de la meta. Hombre de plena madurez quiere decir una persona completa en todo sentido, una persona cabal. El ideal de la iglesia como un solo organismo es avanzar hacia una madurez espiritual cada vez más completa. No se refiere aquí al crecimiento espiritual del individuo, sino aquella madurez corporal de todo el cuerpo. Esta madurez no se mide con reglas ni criterios humanos, sino la estatura de la plenitud de Cristo. Usada aquí en relación con la plenitud de Cristo implica una medida enorme e incalculable. La plenitud de Cristo ha sido mencionada, y se refiere a la abundancia y las riquezas de las cualidades de carácter que hay en él que son perfectas, inagotables e inmensurables.

Además de la unidad y madurez espirituales, el efecto de la obra de gracia de Cristo en la vida de su iglesia resulta en la estabilidad doctrinal. Esta falta de madurez se ilustra con una experiencia común de la naturaleza, sacudida a la deriva y llevada a dondequiera por todo viento de doctrina. Como el niño que no ha logrado una madurez es inestable, así son aquellos creyentes que no demuestran una madurez espiritual; son fluctuantes y víctimas fáciles de las maniobras de los maestros del error, en este caso, los maestros del gnosticismo que se habían infiltrado en la iglesia. Pablo usa una ilustración gráfica de unos botecitos sueltos en un mar agitado y sacudido por vientos huracanados que los ponen en peligro. Se refiere a aquellos que no tienen convicciones firmes. En cambio, tienen conceptos e ideas errados y egoístas y son fácilmente influidos por cualquier doctrina novedosa.

Ante el de ser arrastrados por doctrinas equivocadas y de ser seducidos por los maestros engañosos, el Apóstol sugiere una solución: seguir la verdad con amor. La verdad del evangelio de Cristo junto con la cualidad más alta, el amor, deben ser el afán del cuerpo de Cristo. La verdad y el amor son esenciales para que la iglesia crezca en todo hacia aquél que es la cabeza: Cristo. La verdad (el evangelio) es la sustancia y el amor es el ambiente que contribuye al crecimiento espiritual. La verdad sin amor no es suficiente; el amor sin verdad es decepción. Doctrina sin amor llega a ser rígida, y amor sin doctrina sana resulta insípido. Unidos los dos contribuyen a un crecimiento sano. La meta de este crecimiento es ser perfectamente como Cristo en todo sentido de la palabra, porque él es la cabeza del cuerpo. En él la iglesia llega al ideal de unidad y madurez espiritual, estabilidad doctrinal y crecimiento pleno.

Los miembros debidamente juntados (concertados y entrelazados por la cohesión) también aportan al cuerpo los elementos necesarios para su desarrollo. Esto es una referencia al empleo apropiado de los dones con que han sido dotados. Para esto cada miembro, cada órgano, cada parte del cuerpo es importante y tiene que estar en su lugar debidamente unido y entretejido con los demás, y cada uno contribuyendo a esta unión lo que le corresponde para que pueda funcionar y crecer sanamente. Mientras los miembros no estén unidos, no estarán en posición de recibir de Cristo la provisión que él da para mantener el funcionamiento y el crecimiento de todo el cuerpo. Tampoco puede contribuir lo que potencialmente ofrecen. El amor es aquella fuerza unificadora y fusionándolo en Cristo parece ser la fórmula del éxito de la iglesia.

DIOS LES BENDIGA

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